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AQUEL HOMBRE Y SU YEGUA FLACA Y MAÑOSA Imprimir E-mail
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SI EL RELATO, LAS SITUACIONES Y PERSONAJES TIENEN ALGUNA RELACIÓN CON LA REALIDAD, PODRÍA TRATARSE DE PURA CASUALIDAD

 

 

 

                El, aunque tenía un poco de dinero, era realmente un hombre de vida sencilla… Y hacía bastante tiempo que la conoció a la chica aquella… Y desde que la conoció, toda su vida era para ella,… todos sus pensamientos eran para ella. Todos sus recuerdos eran para ella, todas sus ilusiones eran de ella… y todo el dinero que gastaba… también era para ella…

 

                  Hasta que una vez, en una de esas grisáceas  mañanas de invierno,…  la chica le dijo a él: “Me voy y no vuelvo más”… “Me voy porque tengo vergüenza de Vos”…

                  Y la chica se fue… y lo dejó solo…

                 Y, cuando la chica se iba yendo,… el la miró a la chica… y miró su soledad… y después miró su casa, y su casa le pareció vieja,… muy vieja,… más vieja y más vacía que nunca…

                   Y miró la mesa… y aquellas viejísimas estanterías… 

                  Y, arriba de las estanterías,… lo primero que vio fue aquella gata negra, cuyos ojos rojizos parecían como dos demonios, contemplándolo desde algún extraño maleficio del pasado…

                  Y miró el reloj,… y le dio la impresión de que el reloj se había detenido para siempre…

                   Y afuera,… el viento del invierno, soplando monótonamente desde el sur, también se le ocurrió más triste y más frío que nunca…

                   El viento del invierno…

                   Y la tristeza del invierno…

                   Y los fantasmas y recuerdos del pasado, que parecían regresar a su alma, más terribles e infaustos que nunca, en aquella grisácea mañana de invierno…

                Y mucho más allá, desde quién sabe desde qué amarillentos y destartalados caseríos… o desde qué espinosos y  resecos matorrales, entre el viento tristísimo del invierno, se escuchaba el lamento de muchos perros flacos que aullaban a lo lejos…

                 Entonces,… él sintió como si el mundo se hubiera terminado… Cerró la puerta de calle y se fue a su desordenado dormitorio,…

                 a su desordenado dormitorio, donde había trapos viejos desparramados por doquier.

                  Una cama, casi sin colchón, estaba totalmente destendida…

                  y montones de telarañas en el techo,…

                  y tierra por todos lados,…

                 Era como si el desastre de su vida se proyectara en el desastre y en el abandono de su dormitorio… talvez, porque no había quién le acomodara las cosas,… o talvez, porque no había nadie que le pusiera una lucecita de esperanza en su vida… o en su alma…

                 Se sintió solo,…

                 Infinitamente solo,…

                 Total y absolutamente solo…

               Y arriba de unas tablas que hacían las veces de una “mesa de luz”, se encontraba un viejísimo revólver calibre treinta y dos… Era viejo, pero todavía funcionaba… y las siete balas colocadas en el cargador, eran casi como una tentación al suicidio…

                Pensó en matarse…

                Y sintió una especie de morbosa satisfacción, al imaginar su propio cadáver allí,… frío y muerto para siempre…

                Muerto y frío,… mucho más frío que la tristísima frialdad del invierno…

                A lo mejor, una vez muerto, ya nunca más sufriría,… O, a lo mejor, sufriría mucho más… quién lo sabe!...

               Y pensó en Dios,.. y en el Diablo,… y en el Cielo,… y en el Infierno,… Y pensó en los espíritus y fantasmas del más allá…

               Luego, tomó el revólver y lo revisó un poco,… como vacilando… Pero, después, pronunció unas cuantas “palabrotas” y posteriormente dijo: “¡no!”, “matarme,... para qué?..”  “o,… en todo caso,… lo dejo para después”…

               Y salió afuera,… y ensilló su vieja “yegua zaina”,… una yegua zaina, flaca y mañosa,… Una yegua que a lo mejor tenía en su cuerpo tantos malos recuerdos, como los malos recuerdos que su dueño tenía en el alma…

               Y se fue, montando en su yegua zaina, a buscarla a la chica aquella,… a aquella fulana que un rato antes le había dicho que se iba para siempre y que no lo hablaría nunca más…

                Y, al final, se encontró con la chica…

              Más, la chica lo recibió con una absoluta frialdad y con una absoluta expresión de indiferencia en su rostro…

                y con algo así como una sonrisa estúpida en los labios…

                Y la sonrisa de esa fulana a él le pareció demasiado cruel…

               Era una sonrisa que daba la impresión de que gozaba mucho con todo aquello,… y que tenía experiencia en este tipo de cosas,… y que muchas veces había visto y había hecho lo mismo…

               ¡Y pensar que ese mismo rostro y esos mismos ojos, alguna vez, a él le parecieron muy bonitos…

                La conocía de memoria y conocía cada uno de sus gestos,… pero ahora la contemplaba como si fuera una desconocida…

                Y contempló su sonrisa extraña y cruel… y sintió mucho miedo,… pero, lo mismo, le pidió que volviera,… que pensara de nuevo todo lo que le había dicho…

                Le habló a la chica y le expresó que se encontraba muy solo y que la necesitaba mucho… y le pidió, por favor, que regresara…

                Pero ella dijo que no… Y cuando dijo que no, volvió  a aparecer algo así como una sonrisa estúpida en sus labios…

               Una sonrisa que, de nuevo, a él le pareció muy cruel  y que daba la impresión de que gozaba mucho con todo aquello… y casi como si estuviera muy acostumbrada a todo aquello

                Entonces, el hombre le dijo: “Bueno, si ya no nos vamos a ver nunca más, por lo menos, devolveme las llaves de la casa…”

               La fulana parece que tenía mucha experiencia  en todo esto, porque, al instante, le contestó “aquí están”… y se las entregó.

               Y nuevamente aquella sonrisa estúpida y cruel en sus labios, mientras muchos perros flacos y hambrientos aullaban a lo lejos…

                Y el viento del invierno…

                Y la música triste del invierno…

                Y la soledad del invierno…

                El pobre hombre, aún en las brumas de su desesperación, comprendió que ya no había nada más que hacer…

                Y montó nuevamente en su yegua flaca y mañosa… Y maldijo las mañas de su yegua, aunque algo le dijo, dentro de sí mismo, que las mañas de su yegua nunca serían tan malas como las mañas de alguna gente…

                Y su yegua, flaca y mañosa, con sufrida resignación, lo trajo nuevamente al Pueblo,… a este Pueblo, donde su viejo caserón le pareció mas viejo y más vacío que nunca…

               Cuando iba entrando al caserío,… dos ancianas “comadres” que estaban tomando mate a la sombra de un añoso algarrobo, al verlo pasar, casi en secreto,... murmuraron algo entre sí…

                En el suelo y casi junto a donde las viejas comadres tomaban mate, cuatro gallinas coloradas picoteaban el escaso maíz que aun quedaba entre el pasto reseco del invierno…

                Y un poco más adelante, pasando la esquina del viejo almacén, una rubia bastante “curvilínea”, mirando al hombre triste que montaba en la “yegua flaca y mañosa”, lo saludó con una sonrisa ligeramente “interesante” en sus labios. Pero el hombre casi ni se percató de la sonrisa y apenas si contestó el saludo de la rubia bastante “curvilínea” e "interesante".

                Porque él iba totalmente absorto en los densos nubarrones de su angustia..

                Después llegó y, al abrir la puerta, de nuevo, lo primero que encontró fue aquella gata negra echada en el mostrador… y los ojos rojizos de aquella gata negra, que parecían dos demonios mirándolo desde algún extraño maleficio del pasado…

               Y volvió a acordarse de su chica… y recordó la sonrisa estúpida de la fulana… Y esa suerte de “alegría” que ella parecía sentir al contemplar los sufrimientos de él,… como si le gustara y estuviera acostumbrada a ese doloroso espectáculo,… algo así como una película repetida muchas veces,… pensó él.

                Y recordó el rostro y los ojos de aquella chica, que alguna vez le parecieron muy bonitos…

                Y recordó tantas cosas más.

                Y era como si los fantasmas del pasado regresaran a su alma, más infaustos que nunca, en esa triste y lejana mañana del invierno palosanteño

                Y se sintió vencido… ¡vencido para siempre!...

 

Comentarios (1)Add Comment
...
escrito por un invitado, mayo 09, 2010
Mmmmmmm, Yo he sido de Palo Santo y creo que conozco esa historia. Y si es la historia que conozco yo, es cierta. Fue hace mucho, no? J. I.

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